LA EDUCACIÓN DE LA MUJER ESPAÑOLA EN EL SIGLO XIX
Muchos son los aspectos de la
educación de la mujer, aún no estudiados de forma adecuada nos sitúan de la educación femenina del siglo XIX y
otros, que deben revisarse a partir de
las teorías feministas actuales. La
nueva situación de la mujer reivindica
el protagonismo en la historia e intenta adecuar un concepto e instrumentos de
metodología apropiados.
Hasta finales del siglo XIX no se toma
conciencia en España del problema de la mujer, un problema existente que surge
de las nuevas condiciones económicas, adquiriendo nuevas dimensiones.
La educación será la primera condición más importante para su emancipación, ya que
la ignorancia además de mantenerla sometida,
hace que se justifique el sometimiento de la mujer.
Esta toma de conciencia en España tendrá unas características que la
diferenciaran de otros países Europeos y de Estados Unidos.
Por
tal motivo es necesario buscar las diferencias en el sector femenino que
establece la clase social, ayudándonos a entender cómo vive la mujer, según su
entorno, su función social y si siente la necesidad de cambiarla.
A finales de siglo, según indica San
Martín, para la mujer no hay clase media, sino dos categorías sociales; la
mujer de dinero y la mujer pobre, siendo la clase media mucho más pobre y
desvalida, por ella misma, que la mujer del pueblo.
El proceso de industrialización que se
inicia en Europa a finales del siglo XVIII, no se produce en España hasta las
primeras décadas del siglo XX. España
durante el siglo XIX sigue siendo un país eminentemente agrícola. La incorporación de la mujer a sectores
industriales, reducida y en zonas geográficas limitadas, no le proporcionará
independencia, porque el trabajo femenino en el sector obrero no es una opción,
sino necesidad, lo cual le hará sentirse culpable de abandonar sus,
consideradas, obligaciones familiares de la casa y cuidados de hijos.
De tal manera que el sector femenino
es minoritario, pero demostrativo de la
capacidad productora femenina
Otro sector de mujeres de clases
populares urbanas, trabajadoras de aquellos servicios considerados prolongaciones domésticas, serán
conscientes del lugar que ocupan en una
sociedad claramente jerarquizada. Esta situación les llevará a mantener
costumbres propias del medio rural de origen.
Los sectores anteriormente señalados
merecen atención diferenciada, pero nos vamos a centrar en la mujer campesina,
por ser éste grupo más representativo numéricamente de las clases populares.
Trabajos como los de SEGALEN, M
(Poderes y saberes femeninos a los largo del siglo XIX), nos hacer ver que
solemos olvidar, que en una sociedad agrícola, la vida la mujer es corta y dura, pero no marginal.
La actividad de hombres y mujeres está íntimamente ligada. La mujer desarrolla todo una serie de
actividades que hacen de ella un ser autónomo, generando unos conocimientos en
el campo de saberes femeninos muy
amplio. Su necesaria e imprescindible
presencia en un sinfín de actividades
le da un poder propio .
Esto no sucede solo en las zonas de
mayor riqueza agrícola, sino aún en las más pobres, el trabajo de las mujeres
es un componente esencial en el mantenimiento de la familia campesina.
Será a partir del desarrollo
industrial cuando se produzcan las transformaciones de la vida social y
familiar que dejen vacíos de contenido los espacios hasta entonces femeninos y
se produzca una mistificación de lo que se ha llamado “valores propios de su
sexo. En este sentido el desigual
proceso escolarizador producirá, a lo
largo del siglo, un distanciamiento intelectual entre hombres y mujeres de las
clases populares, que provocará una nueva dependencia femenina.
La política educativa del siglo XIX,
en su empeño por erradicar el analfabetismo,
por diversos y cambiantes motivos, se hará eco de una tradición
diferenciada, por considerarla más natural que social y colaborará a su
ampliación sobre tres convicciones:
- Considerando que la instrucción
de la mujer no es asunto público sino privado.
- Considerando siempre, que su
enseñanza tiene que ver más con la educación moral que con la instrucción
propiamente.
- Consolidando un curriculum
diferenciado.
La primera de estas convicciones está
muy ligada a la segunda y hará que el optimismo doceañista que conexionaba
educación-progreso, en su deseo de llegar a todo el pueblo, no alcanzará a la
mujer. En el informe de Quintana, que proyectaba un sistema
de instrucción universal, uniforme, pública, gratuita y
libre, excluye a la mujer de sus disposiciones por los aludidos motivos, acercándose
en este punto, según algunas autoras al Informe más conservador de Taleyrand que al de Condorcet.
En la legislación posterior, se dejará
al arbitrio de las Diputaciones, unas veces (Informe de 1814), a la iniciativa del maestro, otras (Ley 1838), hasta que la Ley Moyano, en 1857 establezca la obligación de crear tanto
escuelas de niños como de niñas.
Aun
así, pervivirá mucho tiempo la idea de que la educación de las niñas es
un asunto privado, de lo que refleja la prensa femenina, los moralistas y todos
aquellos sectores tradicionales, que aceptarán la escuela pública como un mal
menor. Así se expresaría en la prensa el
que sería decano de la Facultad de Letras de Granada:
“Algunos
escritores que aplauden como es debido, las escuelas primarias de niños,
mirándolas como un feliz resultado de la civilización aumentan al mismo tiempo la aplicación de
análoga institución para las niñas, que no es a sus ojos sino elocuente prueba
de sus más tristes miserias”
Cuando el objetivo se centre más en la
reforma social de los pueblos, cuando se comprenda que el verdadero progreso
consiste más en formar hombres buenos que hombres sabios, se creará un ambiente
más favorable a la educación de la mujer y se propiciará la idea de la
instrucción femenina pública como un mal menor necesario.
“El Estado pues,
puede, porque debe, entrar en el hogar del pobre, del padre imposibilitado a
suplir la paternidad sin recursos”
Así se expresa Panades y Poblet al referirse a la educación de las
niñas de clases pobres.
De la importancia de la educación
moral elocuente, toda la literatura dirigida a la mujer, la legislación se hace
eco. Sirva de ejemplo la ley de 1838 que
aconseja a los maestros, para completar
sus raquíticos sueldos y contribuir al bien público, creen escuelas de párvulos
o de niñas utilizando para ellos los servicios de “sirvientas idóneas, pero sin
abandonar nunca su responsabilidad principal: los niños. No es de extrañar, que llegando a fin de
siglo muchas escuelas de niñas no dispongan de mesas.
La política educativa centralista
tendrá efectos desfavorecedores para el sector femenino, con un
analfabetismo en 1870 de un 81% mujeres
y 68% hombres.; 1900: 71,43% mujeres – 55,7% hombres.
La persistencia del analfabetismo
femenino y su distancia del masculino en algunas zonas, no se explica por la
escasez de escuelas femeninas, sino por el arraigo de unas formas de vida,
costumbres y mentalidad.
La clase alta, ,tanto la aristocracia
como la burguesía, se trata de dos grupos interconectados por la fusión
matrimonial “nobleza-dinero”. La mujer
será el principal vehículo de incorporación de la burguesía y ello estará simpre presente en la
educación.
El estudio en colegios prestigiosos,
además de primeras letras enseña baile y declamación, a veces se ampliaba con
algo de aritmética o geometría, pero evitando exámenes públicos.
Sobre los 15 años, se consideraba
acabada su educación y la muchacha se presenta en sociedad.
Este grupo de mujeres es diferenciable
del conjunto social, por tener una forma de vida superior al asalariado, bien
por su cultura o sus relaciones sociales.
Será en este grupo de mujeres donde se
producirse las mayores
contradicciones y comiencen a tomar mayor
conciencia.
Cuando ante una situación familiar
límite la mujer desee trabajar, se encontrará con la negativa del padre o
esposo, ya que ese paso supone un desclasamiento “dejar de ser señorita” y
pasar a ser “pueblo”. Por tanto las
mujeres de esta clase coaccionadas por las convicciones permanecen ociosas,
casi en la miseria, guardando las apariencias que muestren el decoro de la
familia.
Son numerosas las guías para la
conducta y educación de la muchacha de clase media, de las que Simón Palmer en “La mujer en el siglo XIX” considera la
mejor fuente para conocer las actitudes en la educación de la mujer.
Se debe señalar que la mujer
hogareña, privada de iniciativa, contrasta con la actividad laboral de la clase
baja y la actividad social de la alta, sin olvidar el papel fundamental que la
religión ocupará en la vida de las mujeres.
Bajo la dirección de Fernando VII,
en 1891, uno de los primeros intentos legales fue proporcionar a las niñas
algún tipo de educación superior.
Una de las profesiones que de
tiempos atrás se consideraba femenina y requería algunos conocimientos
específicos era la de comadrona o partera.
El Magisterio era otra de las
antiguas salidas profesionales al que se dedicaron gran número de mujeres sin
titulación alguna. Hacia 1820 proliferaron las que se establecían en colegios
particulares, otras muchas veces a la sombra de sus maridos, las que daban
clases por su cuenta en su propia casa o
en la de los alumnos.
En 1858 aparecerá la primera cultura
femenina con título oficial con la creación de la Escuela Normal Central de
maestras.
La Ley Moyano de 1857, supone un gran paso al permitir se establezcan
Escuelas normales de Maestras para mejorar la instrucción de las niñas.
Importancia especial merece el Decreto de 17 de marzo de 1882, que
confía exclusivamente a las mujeres la enseñanza de párvulos.
La Enfermería también no fue
considerada profesión femenina, durante mucho tiempo estudios específicos, se consideraba un
ampliación del servicio doméstico. Hacia
finales de siglo, el Instituto Rubio, Hospital Docente de Caridad, fundado en
1880 creó una Escuela de Enfermeras.
En 1888 ya 10 mujeres habían cursado
estudios universitarios y no será hasta 1910 cuando se dicte una orden que
permita a las mujeres matricularse libremente en la enseñanza universitaria
oficial sin previa consulta a la autoridad.
La excepcional incorporación a las
aulas universitarias de algunas mujeres
antes de concluir el siglo, no significó su ejercicio profesional, saldo
las especialidades que se consideraban más adecuadas (Medicina femenina e
Infantil, Farmacia).
La influencia de otros países y las
iniciativas krausistas, hacen que el tema de la educación de la mujer sobre
nuevas dimensiones en el último tercio del siglo. El debate alcanzará al siglo XX, sin
conseguir una mayoría de opiniones favorables a una educación igualitaria, siguiendo siendo mayoritariamente los hombres
los protagonistas.
En este largo debate se distinguen
tres posiciones fundamentales:
- Las protagonizadas por los
sectores más conservadores de la ortodoxia católica.
- Un variador sector cuyo común
denominador sería el regeneracionismo y que se amplia a medida que avanza
el siglo, en el que confluyen desde el catolicismo más liberal,
liberalismo burgués, krausismo, republicanismo.
- Posición feminista muy
minoritaria, en la que se sitúan hombres y mujeres vinculados al institucionismo y
socialismo posteriormente.
Estas
tres posturas se decantan según la posición que adoptan con respecto a:
- Reconocer el derecho de la mujer
a la educación.
- Dársela en iguales grados y
contenidos a la del hombre.
- Permitirle el ejercicio
remunerado de las aptitudes adquiridas.
Las posiciones más tradicionales
defenderán que las niñas deben educarse en familia, la escuela pública es para
ellas una fatalidad.
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